El ucraniano Myroslav Marynovich y el moldavo Slava Aidov, dos símbolos del exitoso apoyo de AI a los presos de conciencia en la antigua URSS

Manifestación de AI Alemania contra los abusos psiquiátricos en la URSS, 1985. © AI

Informe de AI publicado en 1975 sobre presos de conciencia en la URSS

El presidente de la Asociación de Abogados Soviéticos -y a la vez de la Corte Suprema-, Lev Smirnov, no se anduvo con chiquitas en 1975 al descalificar el informe de Amnistía Internacional sobre los “Presos de conciencia en la URSS: Su tratamiento y condiciones”. Una “vulgar falsificación y difamación sobre la realidad soviética y la legimitimidad socialista”, le escribió al entonces secretario general de AI, Martin Ennals. Y todo porque la organización de derechos humanos había llegado a la conclusión de que las condiciones de detención de los disidentes políticos y religiosos “en las cárceles, colonias de trabajo correccional y hospitales psiquiátricos están por debajo de los estándares internacionales y nacionales” suscritos por la Unión Soviética.

Muchos eran los datos recogidos por Amnistía que avalaban ese balance crítico. En los campos de trabajo, por ejemplo, las raciones escasas de comida, el descuido en la atención médica, las deficientes condiciones de trabajo, las “clases reeducativas” forzosas, el predominante “acento punitivo” y la falta de un auténtico derecho de queja. Y en los hospitales psiquiátricos, la práctica privación de derechos sanitarios y legales, la complicidad médica en los diagnósticos más políticos que sanitarios contra los disidentes, el control más policial –por Interior y el KGB- que médico de los centros, la condición de estos más cercana a una prisión que a una institución de tratamiento y la utilización de delincuentes como sanitarios sin formación adecuada y con hábitos autoritarios y maltratadores.

Myroslav Marynovich
Entrevista realizada en las oficinas de AI en Londres en 1994 (está en inglés) © AI

En realidad, aquel exabrupto de Smirnov confirmaba la implacable dureza del régimen en la persecución de cualquier disidencia y su facilidad para colgar etiquetas punitivas a quienes dejaban oír la más mínima voz crítica. Como el profesor y periodista ucraniano Myroslav Marynovich, detenido en 1977 por ser miembro fundador de la organización de derechos humanos Helsinki Watch, que se dedicaba a “defender a artistas y escritores perseguidos y encarcelados por el Gobierno soviético” por sus discrepantes ideas. Aunque no lo supo hasta mucho más tarde, fue adoptado por el grupo de Amnistía en la localidad francesa de Aviñón, y por eso cuenta que “me uní a AI en 1977, pero no como miembro: ¡como preso de conciencia!”.

Marynovich ya barruntaba su arresto. Llevaba medio año trabajando con Helsinki Watch, y cada mañana un coche negro aparcado cerca de su casa encendía los faros en cuanto salía a la calle y señalaba su camino con un haz de luz. “Había muchos tipos de presión psicológica”, recuerda. Hasta que alguien llamó de madrugada el 23 de abril al grito de “¡telegrama, telegrama!”. Y resultaron ser 20 agentes del Comité de Seguridad del Estado, el implacable KGB. Fue condenado a siete años en un campo de trabajo en los Urales –más de 100 vigilantes para 60 presos, sometidos a maltrato psicológico y en algunos casos físico- y a cinco años adicionales de exilio en Kazajistán, donde por fin recibió las cartas solidarias y “me di cuenta de que era un hijo de Amnistía”.

Svetlana Kharitonova y Myroslav Marynovich fundadores del grupo de Drogobych de AI en Ucrania. © AI 1991

Quedó en libertad en 1987, pero hasta 1990 no pudo acudir a Aviñón para agradecer en persona al grupo de AI su apoyo. A su regreso a su ciudad natal de Drohobych, buscó otra “forma de dar las gracias a Amnistía Internacional” y creó en 1991 el primer grupo de la organización en Ucrania, que inició un programa de educación en derechos humanos para profesores y marcó la senda para que nuevos grupos en otras localidades hicieran campaña a favor de presos de conciencia de todo el mundo.

Es un ejemplo más de cómo cada pequeño-gran éxito de las “personas que trabajan por personas” en Amnistía tiene su prolongación en el tiempo y sirve a la causa de los derechos humanos. Una causa que no ha conseguido frenar ningún muro ni frontera física, ni tampoco aquel invisible ‘telón de acero’ que dividió durante años el continente europeo. En materia de derechos humanos, el retrato de AI sobre los presos de conciencia y sus condiciones de detención  en la URSS casi podía calcarse en todo el llamado bloque del Este liderado por la Unión Soviética.

Slava Aidov con dos activistas de AI en 2006 © Marina Aidova

Otro ejemplo exitoso en la lucha de AI es el de Slava Aidov, preso político detenido por “propaganda antisoviética” en 1966 y recluido en un campo de trabajo al este de Moscú tras haber intentado conseguir material de imprenta para editar panfletos de denuncia del régimen. En su localidad de Chisinau, en la actual Moldavia, su esposa Lera –que se atrevió a hacer una huelga de hambre para protestar por el encarcelamiento de su marido- y su hija Marina sintieron enseguida el ‘precio’ de su vinculación a un preso político: sus vecinos las esquivaban y su correspondencia era interceptada oficialmente.

Carta de agradecimiento escrita por Marina Aidova, hija de Slava Aidov a Harold y Olive Edwards en 1971

La comprensión y la ‘proximidad’ llegarían de lejos, en forma de postal y con un mensaje tan sencillo como vital: “Con amor desde Newbury. Berks. Inglaterra. Harold y Olive”. Corría 1971, y a la pequeña Marina, que apenas tenía ocho años, aquella tarjeta de la pareja simpatizante de Amnistía Internacional -el librero de 73 años Harold Edwards y su esposa Olive- le pareció “como algo de otro planeta” y como “una señal de que a alguien le importaba” lo sucedido a su padre. Este fue liberado en diciembre de ese mismo año, pero aquella relación solidaria echaría raíces hasta acabar floreciendo de nuevo en este 50º aniversario de AI.

Marina Aidova tuvo que esperar hasta 1989, caído ya el Muro de Berlín, para visitar la casa de Newbury donde la anciana pareja, ya fallecida, había escrito aquellas cartas que tanto contribuyeron a alimentar la esperanza de Slava Aidov. Luego, en 2006, su colaboración con Amnistía –cuyo archivo permitió conservar gran parte de las misivas- y con la periodista Anna Horsbrugh-Porter daría lugar a un libro sobre aquella amistad a distancia, “Desde Newbury con amor”. Y este mismo título daría nombre a un proyecto teatral que en 2010 permitió un intercambio cultural entre el grupo de teatro juvenil de Newbury y el alumnado de la escuela secundaria Alecu Russo de Chisinau, y que en este 2011 representará esa historia en la citada localidad inglesa para celebrar los 50 años de AI.

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Esta entrada tiene 3 comentarios.

No se permiten más comentarios.

  1. virtudes dominguez zamorano
    12 nov 11 19:39

    HACE POCO QUE ESTOY CON AI, PERO SIENTO LA MISMA ALEGRIA QUE COMO SI LLEVARA LOS 50 AÑOS CON VOSOTROS CADA VEZ QUE SE CONSIGUE SALVAR A ALGUIEN O HACER QUE ALGUN PAIS RETIRE LA PENA DE MUERTE DE SUS LEYES.
    ESPERO AYUDAR A SEGUIR CONSIGUIENDO OBJETIVOS HASTA QUE LA VIOLACIÓN DE LOS DERECHOS HUUMANOS DESAPAREZCA POR COMPLETO.

  2. Carlina Caballero Andrade
    11 nov 11 4:02

    Y nunca lo habra ,porque el deseo del mundo entero de vivir sin que nuestros derechos humanos se violenten siempre sera mucho mas grande ,que la ambicion desmedida de los que apoyan las dictaduras ,las cuales hacen daño a la humanidad .Quienes apoyan estas formas No Democraticas de Gobierno ,se sustentan en sus intereses propios y no en el beneficio verdadero de todos los seres humanos . Muy bien AI por la lucha a favor de una sociedad mas justa y humana

  3. María M. B.
    10 nov 11 18:52

    10 de noviembre de 2011

    Cualquier dictadura está viciada desde sus cimientos. Cuando un movimiento político se convierte en imposición es por el interés directo y particular de unos pocos. Esos pocos jamás se podrán erigir en multitud, en definitiva sólo son unos sinvergüenzas con los bolsillos llenos de bufones, idólatras y demás especímenes conocidos como fieles leales al régimen. Cuando la marea humana de la mayoría se mueve, se para el pulso de cualquier bicho viviente que ostente el poder absoluto, eso sí, muchos de ellos se ponen la careta de seres que no saben donde han estado y con quien se aliaron para pasarse al bando de los antes llamados desalmados, pero que en el momento de ver llegar la marea los identifican como salvadores de la patria oprimida. La buena gente, la honesta, la decente, la que día a día dobla la espalda ante las dificultades y soporta todo lo que venga bien con tal de no fallar a los suyos, a los compromisos económicos ofertados por la sociedad del bienestar. Esa sociedad que primero te atrapa pero si no eres un buen peón, te destruye sin miramientos ni concesiones, que para concesiones ya están ellos que son los que distribuyen el ansiado bienestar, y eso es sólo cosa de unos pocos. Por todo ello y sin querer ser fiel a nada ni a nadie, se hace necesario un grito de ánimo y victoria por los logros conseguidos por Amnistía Internacional, que demuestra que los éxitos en ocasiones son cosas pequeñas, de unos pocos y que por supuesto siempre están unidos a las personas de buena, firme y férrea voluntad, aquellos que pelean por lo que creen justo y honesto. Felicidades AI por salvar lo que más valor tiene en nuestra civilización, los seres humanos pertenecientes a una familia que por su naturaleza debería ser intrínseca. Elevo una plegaria para que avancemos por ese camino. Puede que algún día consigamos ser todos iguales en derechos y libertades ¿puede?