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Hace pocos dias tuve ocasión de charlar con mi colega Neil Sammonds, investigador de Amnistía Internacional para Siria, Líbano y Jordania, que estaba de visita en Madrid. Fue un encuentro fugaz a mediodía que aprovechamos para comer algo rápido, entre las reuniones de trabajo y las entrevistas que tenía programadas en su apretada agenda.

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Inauguro esta colección de historias –que sumarán exactamente 50 cuando el Día de los Derechos Humanos esté en ciernes, allá por el 10 de diciembre de 2011- con un objetivo supuestamente sencillo: describir Amnistía Internacional.

 
© Amnesty International

Sencillo si se recurre a las grandes cifras de las que se suele echar mano para definirla: “la organización de defensa de los derechos humanos más grande del mundo…”, “…3 millones de miembros y simpatizantes en 150 países…”, “…más de 400 personas de 66 nacionalidades diferentes trabajan en su oficina central en Londres…, “…recibió el Premio Nobel de la Paz en 1977…”…en 50 años ha publicado 17.000 informes y documentos sobre derechos humanos…”,”…su Informe Anual se publica en 25 lenguas distintas…”, etc, etc.

Podría dar más datos –lo haré más adelante, ya que algunos son francamente curiosos- pero ahora quiero volver al objetivo inicial de este post e intentar explicar qué es Amnistía Internacional.

Por lo pronto, me parece importante señalar que muchos activistas de Amnistía Internacional se refieren a ella de puertas adentro como “El Movimiento”. Esta expresión puede resultar inquietante –a mí me lo pareció la primera vez que la escuché- porque su rotundidad sugiere que no caben más “movimientos” en el mundo. En mi caso tuve la sensación de que ese “movimiento” era un ente inescrutable y lejano que reclamaría durísimas pruebas iniciáticas para ingresar. Luego descubrí que la expresión, que todo el mundo manejaba con bastante naturalidad por otra parte, tenía al menos una razón de ser basada en el origen de la organización, y nada abstracta por cierto: Amnistía Internacional había nacido efectivamente de un “movimiento” de indignación absolutamente espontáneo en respuesta a un artículo -surgido también de la más pura indignación- escrito por el abogado británico Peter Benenson (un post que se publicará en breve relata esta curiosa historia con mucho más detalle). Ese movimiento inicial se fue extendiendo de una persona a otra hasta disponer de una masa crítica suficiente como para constituirse en una entidad ya más estructurada, poco tiempo después. Han pasado 50 años, y Amnistía Internacional mantiene ese espíritu de movimiento de indignación, abierto, voluntario, espontáneo y horizontal.

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