Aung San Suu Kyi, Nobel de la Paz y ‘Embajadora de Conciencia’ de AI, simboliza la resistencia democrática a un régimen castrense que ahora se disfraza con una “parodia de elecciones”

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Las dos primeras décadas de AI, marcadas por la expansión (250.000 seguidores en 151 países), nuevas formas de lucha y el Nobel de la Paz

Dos décadas después del artículo de Peter Benenson sobre “Los presos olvidados” que lanzaría la campaña “Llamamiento por la Amnistía 1961” y sería la génesis de Amnistía Internacional, la organización de derechos humanos superaba ya las 250.000 personas activistas en 151 países. Todo un éxito de movilización ciudadana por una causa justa, cuyos logros concretos en la lucha contra la pena de muerte y la tortura y a favor de los presos y presas de conciencia, tendrían su máximo reconocimiento con el Premio Nobel de la Paz de 1977 por “afianzar el terreno para la libertad, para la justicia y, con ello, también para la paz en el mundo”.

Carta de Nelson Mandela agradeciendo a Louis Blom-Cooper, investigador de AI, su presencia en el juicio en 1962. (c) particular

Desde que en Londres se encendió por primera vez la emblemática vela de AI que simboliza la esperanza de iluminar los oscuros lugares donde se abusa con impunidad contra los derechos humanos, aquel movimiento iba a implicar a cada vez más personas trabajando juntas para ayudar a otras personas en peligro. Traduciendo en acción el inspirador proverbio de que “es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”, el pequeño grupo de voluntarios encabezado por el propio Benenson se iría multiplicando por todo el mundo. El primer impulso sirvió para crear 14 Secciones nacionales en apenas dos años; en 1980 eran ya 39, con 2.200 grupos de activistas organizados.

Carátula del informe sobre Condiciones Penitenciarias en Rumania, 1965. (c) AI

Carátula del informe sobre Condiciones Penitenciarias en Portugal, 1965. (c) AI

Carátula del informe sobre Condiciones Penitenciarias en Sudáfrica, 1995. (c) AI

 

 

 

 

 

 

 

 

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A Amnistía Internacional, quienes violan los derechos humanos le han dicho de todo menos bonita.

Y en algunos casos con fiereza, hasta conformar una auténtica antología del insulto y la descalificación. Las críticas suelen compartir varios clichés –las denuncias de AI son “mentiras” o “verdades a medias”, forman parte de una “campaña contra nuestro país” y pecan de “parcialidad”–, y acaban sazonándose con ‘argumentos’ rotundos del estilo de “agente del imperialismo”, “filomarxista” o “prosionista”.

La organización paga así el precio por mantener su absoluta independencia, no solo “de todo gobierno, partido político, ideología, interés económico o credo religioso”, sino también financiera, ya que se apoya casi exclusivamente en las “suscripciones y donaciones de sus afiliados en todo el mundo”.

Amnistía Internacional Bélgica entregó un árbol de Navidad en la Embajada de México en Bruselas, el 24 de diciembre de 1981. El mensaje adjunto decía "A Su excelencia el Embajador de México: en la noche de Navidad, piense en sus compatriotas que "desaparecieron", algunos de ellos durante años. Y también en sus familias. Nosotros le rogamos: encuentre a los "desaparecidos". Amnistía Internacional. (c) Amnistía Internacional

La galería de ‘ofendidos’ es casi tan amplia como la de violadores de los derechos humanos denunciados por Amnistía Internacional. Pero no faltará quien rice el rizo descalificador, como hacía en 1982 la revista mexicana ‘Hoy’ al describir a la vez a AI como “punta de laza del comunismo” y como “copia variada de una negra organización que antaño se llamaba Juventudes Hitlerianas”, antes de declararse apenado “por los que reciben dinero, premios y becas pagados por Amnistía Internacional con rublos manchados de sangre y podredumbre”. A su juicio, la organización era parcial porque exigía la libertad de presos políticos, “pero solo si son chilenos,haitianos o argentinos”.

En los últimos años, el tono de las críticas a AI tiende a ser menos furibundo, y la argumentación, más calculada. Así sucede, por ejemplo, en Estados Unidos a propósito de Guantánamo y los centros de detención en el extranjero. Por un lado, con reproches escalonados a la organización –por “no decir la verdad”, según Bush; por haber “perdido la objetividad”, según Rumsfeld; o por su “informe absolutamente irresponsable”, según el general Myers–, Y por otro, con salidas por peteneras como la del portavoz de la Casa Blanca en 2004, McClellan, que responde a la acusación de Amnistía de que la “guerra contra el terror” ha hecho el mundo más peligroso, declarando que “No admitimos las críticas de Amnistía Internacional, ya que Estados Unidos es un destacado defensor de la protección de los derechos humanos y continuaremos siéndolo (…) La guerra contra el terrorismo ha tenido como resultado la liberación de 50 millones de personas en Afganistán e Irak, así como la protección de sus derechos”.

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