El 21 de septiembre Troy Davis fue ejecutado en el estado de Georgia a pesar de las múltiples dudas que ofrecía su caso. Desde que fue condenado a muerte, en 1991, más de 90 presos han sido excarcelados de los “corredores de la muerte” de Estados Unidos tras demostrarse su inocencia. En todos esos casos, los acusados habían sido declarados culpables más allá de una duda razonable
Hace algo más de dos años conocí el caso de Troy Davis. Estaba preparando materiales para la campaña contra la pena de muerte de Amnistía Internacional y había decenas de casos por los que nuestra organización trabajaba, pero una compañera de la organización en Estados Unidos me recomendó que me interesara por el caso de Troy. Me dijo que ningún caso ejemplificaba tan bien las razones por las cuales nadie merece ser condenado a muerte.
Empecé a leer, a buscar información, a “conocer” a esa persona de la que apenas tenía una fotografía en la que se ocultaba tímidamente tras unas gafas y cuyo nombre no dejaría de revolotear por mi cabeza durante los siguientes meses. Entonces supe que lo condenaron a muerte por el asesinato de un policía en 1991 y que llevaba 20 años en el corredor de la muerte. Nada nuevo bajo el sol, pensé… Pero según iba profundizando en el caso, cada dato, cada imagen, cada noticia, me acercaba un poco más a Troy. Y cada vez estaba más convencido de que Troy nunca sería ejecutado, que se trataba de un error y que se haría justicia.



