Archivo para el mes de mayo 2011

Las rebeliones del Norte de África y Oriente Próximo confirman la urgencia de prohibir la venta de armas y municiones que puedan usarse contra civiles o para violar los derechos humanos.

Cuando por fin se vislumbra para 2012 un Tratado internacional sobre el Comercio de Armas, la realidad cotidiana de los conflictos a lo largo y ancho del mundo confirma lo pedregoso del camino. Basta recordar las recientes denuncias de Amnistía Internacional sobre el uso de bombas de racimo españolas por las tropas del dirigente libio Muamar Gadafi, que desvelan en toda su crudeza la peligrosa ‘herencia’ que deja cada venta de armamento, de material de defensa y ‘de doble uso’, de municiones. Un mercado que mueve al año 640 millones de armas y 12.000 millones de balas -dos por cada habitante del planera- y que alimenta la sangrienta estadística de mil muertos al día -casi uno por minuto- por armas de fuego.

Campaña Armas Bajo Control
Vídeo para la campaña Armas bajo Control. Septiembre de 2008

Oficialmente, España estaba en primera fila de la lucha contra el citado tipo de artefactos al haberse adelantado, con una moratoria unilateral en julio de 2008, a la firma (diciembre de ese año) y la entrada en vigor (agosto de 2010) de la Convención que las prohíbe. En marzo de 2009 fue el primer país en destruir su propio arsenal de bombas de racimo, que se distinguen por una mortífera seña de identidad: dispersan en una amplia zona sus potentes municiones, cuya falta de precisión las hace aún más peligrosas para la población civil. España ya no las tiene ni las exporta, pero allí quedaron, en los arsenales del régimen libio. Y la única arma que no se utiliza es la que no se tiene.

Por eso Amnistía Internacional lleva años empeñada junto a otras organizaciones no gubernamentales en conseguir un Tratado sobre Comercio de Armas que impida su venta cuando exista riesgo de que sean usadas para violar los derechos humanos o las normas humanitarias internacionales. La campaña, bautizada como ‘Armas Bajo Control‘, reúne desde octubre de 2003 a AI, Oxfam y la Red de Acción Internacional contra las Armas Ligeras (IANSA en inglés), coalición que varía ligeramente en el caso español al integrar a Amnistía, Intermón Oxfam, Greenpeace y la Fundació per la Pau. Las tres primeras organizaciones habían protagonizado ya a principios de los años 90 una primera campaña, ‘Hay secretos que matan’, con el mismo objetivo, a la que siguió otra, ‘Adiós a las armas’, por el control de las armas ligeras.

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A Amnistía Internacional, quienes violan los derechos humanos le han dicho de todo menos bonita.

Y en algunos casos con fiereza, hasta conformar una auténtica antología del insulto y la descalificación. Las críticas suelen compartir varios clichés –las denuncias de AI son “mentiras” o “verdades a medias”, forman parte de una “campaña contra nuestro país” y pecan de “parcialidad”–, y acaban sazonándose con ‘argumentos’ rotundos del estilo de “agente del imperialismo”, “filomarxista” o “prosionista”.

La organización paga así el precio por mantener su absoluta independencia, no solo “de todo gobierno, partido político, ideología, interés económico o credo religioso”, sino también financiera, ya que se apoya casi exclusivamente en las “suscripciones y donaciones de sus afiliados en todo el mundo”.

Amnistía Internacional Bélgica entregó un árbol de Navidad en la Embajada de México en Bruselas, el 24 de diciembre de 1981. El mensaje adjunto decía "A Su excelencia el Embajador de México: en la noche de Navidad, piense en sus compatriotas que "desaparecieron", algunos de ellos durante años. Y también en sus familias. Nosotros le rogamos: encuentre a los "desaparecidos". Amnistía Internacional. (c) Amnistía Internacional

La galería de ‘ofendidos’ es casi tan amplia como la de violadores de los derechos humanos denunciados por Amnistía Internacional. Pero no faltará quien rice el rizo descalificador, como hacía en 1982 la revista mexicana ‘Hoy’ al describir a la vez a AI como “punta de laza del comunismo” y como “copia variada de una negra organización que antaño se llamaba Juventudes Hitlerianas”, antes de declararse apenado “por los que reciben dinero, premios y becas pagados por Amnistía Internacional con rublos manchados de sangre y podredumbre”. A su juicio, la organización era parcial porque exigía la libertad de presos políticos, “pero solo si son chilenos,haitianos o argentinos”.

En los últimos años, el tono de las críticas a AI tiende a ser menos furibundo, y la argumentación, más calculada. Así sucede, por ejemplo, en Estados Unidos a propósito de Guantánamo y los centros de detención en el extranjero. Por un lado, con reproches escalonados a la organización –por “no decir la verdad”, según Bush; por haber “perdido la objetividad”, según Rumsfeld; o por su “informe absolutamente irresponsable”, según el general Myers–, Y por otro, con salidas por peteneras como la del portavoz de la Casa Blanca en 2004, McClellan, que responde a la acusación de Amnistía de que la “guerra contra el terror” ha hecho el mundo más peligroso, declarando que “No admitimos las críticas de Amnistía Internacional, ya que Estados Unidos es un destacado defensor de la protección de los derechos humanos y continuaremos siéndolo (…) La guerra contra el terrorismo ha tenido como resultado la liberación de 50 millones de personas en Afganistán e Irak, así como la protección de sus derechos”.

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Inauguro esta colección de historias –que sumarán exactamente 50 cuando el Día de los Derechos Humanos esté en ciernes, allá por el 10 de diciembre de 2011- con un objetivo supuestamente sencillo: describir Amnistía Internacional.

 
© Amnesty International

Sencillo si se recurre a las grandes cifras de las que se suele echar mano para definirla: “la organización de defensa de los derechos humanos más grande del mundo…”, “…3 millones de miembros y simpatizantes en 150 países…”, “…más de 400 personas de 66 nacionalidades diferentes trabajan en su oficina central en Londres…, “…recibió el Premio Nobel de la Paz en 1977…”…en 50 años ha publicado 17.000 informes y documentos sobre derechos humanos…”,”…su Informe Anual se publica en 25 lenguas distintas…”, etc, etc.

Podría dar más datos –lo haré más adelante, ya que algunos son francamente curiosos- pero ahora quiero volver al objetivo inicial de este post e intentar explicar qué es Amnistía Internacional.

Por lo pronto, me parece importante señalar que muchos activistas de Amnistía Internacional se refieren a ella de puertas adentro como “El Movimiento”. Esta expresión puede resultar inquietante –a mí me lo pareció la primera vez que la escuché- porque su rotundidad sugiere que no caben más “movimientos” en el mundo. En mi caso tuve la sensación de que ese “movimiento” era un ente inescrutable y lejano que reclamaría durísimas pruebas iniciáticas para ingresar. Luego descubrí que la expresión, que todo el mundo manejaba con bastante naturalidad por otra parte, tenía al menos una razón de ser basada en el origen de la organización, y nada abstracta por cierto: Amnistía Internacional había nacido efectivamente de un “movimiento” de indignación absolutamente espontáneo en respuesta a un artículo -surgido también de la más pura indignación- escrito por el abogado británico Peter Benenson (un post que se publicará en breve relata esta curiosa historia con mucho más detalle). Ese movimiento inicial se fue extendiendo de una persona a otra hasta disponer de una masa crítica suficiente como para constituirse en una entidad ya más estructurada, poco tiempo después. Han pasado 50 años, y Amnistía Internacional mantiene ese espíritu de movimiento de indignación, abierto, voluntario, espontáneo y horizontal.

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